lunes, 8 de febrero de 2010

Los dilemas del acto público: la inscripción

Cuando iniciamos el profesorado lo hacemos con la utopía de cambiar el mundo, sí, así como lo oyen: cambiar al mundo. Salimos con nuestro título en la mano y en el pecho una S bien grande o una araña con un fondo rojo... el mundo es nuestro... pero de lo que no sabemos nada es de los antihéroes a los que nos vamos a enfrentar ahí nomás, en el primer paso que damos.
Cara nuestra de emocionados y orgullosos, nuestro título que brilla y nos encandila pero la burócrata del consejo escolar donde vamos a inscribirnos usa lentes oscuros y de los muy oscuros. De un lado de su boca pende un cigarrillo a medio consumir, del otro hace globos con un chicle que debe llevar más de 48 hs dentro de esa boca y por el medio nos pregunta “qué queremos”. Sin mediar palabra sacamos el título esperando que se abran las puertas de cielo, baje el barbudo y él mismo nos inscriba, pero la mujer burócrata que se encuentra detrás del mostrador es atea por completo y en sólo dos segundos y sin repetir y sin saltearse nos enumera todos los requisitos para la inscripción: fotocopia del documento de la primera y segunda página formulario por duplicado firmado en original fotocopia del título secundario legalizado por el ministerio de la provincia y fotocopia del título también legalizado. Nuestra cara atónita con seguridad le da a entender que hemos comprendido sólo la mitad de lo que nos ha dicho y la otra mitad creemos haberla adivinado. Segura de haber ganado este primer round hace señas, sin emitir palabra alguna, que es momento de atender a la siguiente persona. Algún alma piadosa del purgatorio se nos acerca, nos saca del estado de shock en el que nos encontramos y nos traduce los requisitos y en velocidad normal de 33 rpm.
Señora burócrata 1, profesores 0.
Entramos nuevamente en la oficina del consejo escolar abriendo la puerta con la seguridad de nuestras acciones. Los allí presentes se dan vuelta para contemplar nuestro semblante heroico y la espada del más puro acero toledano que son los papeles y formularios. Pecho inflado, 110% de ganas, hacemos la cola y esperamos, pacientes, nuestro turno. El corazón que late más fuerte que el bombo de un barrabrava de algún equipo de la C enfrentamos a la burócrata que ya lleva consumidos dos paquetes de cigarrillos y mastica aún el mismo chicle. No median las palabras entre los gladiadores. Las armas son los papeles por un lado y los sellos de recepción por otro. Más exacto que el ojo del terminator, revisa cada milímetro de los formularios. Levanta la cabeza, nos mira y saca de su bolsillo la kriptonita mortal que es su dedo índice y señala con precisión quirúrgica: “falta la firma acá, acá y acá. Completalo y volvé”. Bofetada al amor propio y al orgullo y que nos deja doblados cual golpe certero de gancho de Tyson a nuestros riñoñes.
Mujer burócrata 2, profesores 0.
Completamos lo que debemos completar, volvemos a la cola a enfrentarnos a ella: la personificación del diablo y con su tridente mortal comprendido por el sello de recepción, la medialuna de gasa y el cigarrillo a medio consumir.
David venció a Goliat. Finalmente nos reciben los papeles y estamos oficialmente inscriptos: gol de visitantes vale doble.

viernes, 5 de febrero de 2010

Vida, obra y vivencias de un profesor argentino

A partir de este momento suplantaré aquellas sesiones con mi psicóloga por las publicaciones en este medio etéreo llamado internet. El futuro decidirá quién tuvo la razón.

Juan Manuel Nieto